Desde 2012 participo como congresista o moderador en congresos de turismo religioso — así que ya perdí la cuenta de cuántas ponencias sobre gestión de rutas de peregrinación, oferta de servicios e infraestructura para peregrinos escuché en este tiempo.
Hace poco, alguien del público hizo una pregunta que nunca nadie me había hecho: “¿No es explotación convertir la fe en negocio?”
Respondí en el momento, con lo que tenía a mano: que el turismo religioso no convierte la fe en negocio. Que sostiene a las comunidades que hacen posible esa fe. Pero lo que pensé después — y no dije ahí, frente al panel — es que esa pregunta resume por qué tantos destinos religiosos siguen sin animarse a profesionalizarse. Por miedo a qué dirán.
Una década de paneles sin esa pregunta
Lo llamativo no es la pregunta en sí. Es que haya tardado una década en aparecer.
En todo ese tiempo, los paneles en los que participé se ordenaron casi siempre alrededor de lo técnico: cómo se gestiona un flujo de peregrinos, qué infraestructura necesita una ruta, cómo se mide el impacto económico de un camino sagrado. Preguntas de gestión, no de legitimidad. Nadie —ni el público, ni los propios ponentes— había puesto sobre la mesa la premisa de fondo: si gestionar profesionalmente un santuario o una ruta de peregrinación es, en algún punto, mercantilizar lo sagrado.
Esa ausencia no es casualidad. Es el mismo patrón que vengo documentando en esta serie desde el primer artículo: el turismo religioso avanza en reconocimiento — canonizaciones, declaraciones de interés provincial, patrimonio UNESCO — mucho más rápido de lo que avanza en estrategia. Y una de las razones de esa brecha es, precisamente, el miedo a la pregunta que me hicieron ese día. Mientras nadie la formule en voz alta, es más cómodo no tener plan que arriesgarse a que alguien interprete la profesionalización como negocio.
Profesionalizar no es mercantilizar
Desde ese panel incorporé algo a mis propias charlas, porque me pareció el argumento más honesto que tengo para responder esa pregunta: el turismo religioso, bien gestionado, genera empleo directo. Guías, artesanos, cocineros, taxistas, familias enteras que viven de la llegada de peregrinos y visitantes a un santuario, una fiesta patronal o una ruta de peregrinación.
No es una afirmación abstracta. México ofrece un caso concreto y medible: solo para Semana Santa 2026, el sector proyectó una derrama económica superior a los 300 mil millones de pesos a nivel nacional, con un impacto que —según la propia cámara empresarial del sector— trasciende los recintos de culto y llega a mercados, fondas, hoteles, transportistas, guías y artesanos en todo el país.
Ese es el argumento que sostengo frente a la pregunta de la explotación: la alternativa a profesionalizar un destino religioso no es preservar su pureza espiritual. Es dejar ese mismo flujo de peregrinos sin servicios dignos, sin seguridad, sin que la comunidad local capture nada del valor económico que ya está generando con o sin gestión. Profesionalizar no es mercantilizar. Es dignificar — tanto la experiencia del peregrino como el sustento de quien vive del destino.
El costo real de no animarse a preguntar
Lo que me quedó de ese panel no es la pregunta en sí, sino la comprobación de algo que vengo viendo en el territorio desde hace catorce años: el miedo a la pregunta incómoda —¿no es esto mercantilizar la fe?— funciona como freno silencioso en gestores, funcionarios e instituciones religiosas que preferirían no tener que responderla en público.
Ese miedo tiene un costo. Mientras un destino evita profesionalizarse por temor a la crítica, el peregrino sigue llegando igual —sin planificación, sin infraestructura adecuada, sin que la economía local capture ese flujo—. La ausencia de estrategia no protege lo sagrado. Solo deja el mismo negocio, tácito y desordenado, en manos de quien llegó primero a improvisarlo.
Es el mismo patrón de siempre en esta serie, con una variante: esta vez la pregunta que faltaba no era técnica. Era la que nadie quería hacerse a sí mismo.
A modo de epílogo
Después de una década moderando paneles internacionales de turismo religioso, la primera vez que alguien cuestionó la legitimidad misma de profesionalizar el sector fue hace apenas un tiempo. No es un problema exclusivo de ese panel: es el mismo silencio que explica por qué tantos destinos con patrimonio extraordinario siguen sin estrategia.
Profesionalizar un destino religioso no le quita el alma. Se la protege — porque le da a la comunidad que vive de ese patrimonio los medios para sostenerlo con dignidad, en lugar de dejarlo librado a la improvisación.
Fuente:
CONCANACO SERVYTUR. «CONCANACO SERVYTUR impulsa el turismo religioso como motor de desarrollo económico y bienestar comunitario.» Marzo de 2026. https://www.concanaco.org/blog/comunicados-de-prensa-4/concanaco-servytur-impulsa-el-turismo-religioso-como-motor-de-desarrollo-economico-y-bienestar-comunitario-1619.