El tercer socio que falta en la gestión del turismo religioso

Cuando se habla de gobernanza turística, el modelo que todos conocen tiene dos socios: el sector público y el sector privado. Un municipio o una provincia por un lado, una cámara empresarial por el otro. Ese esquema funciona razonablemente bien para el turismo en general.

Para el turismo religioso, es un modelo incompleto. Falta un tercer actor que en este segmento específico no es opcional: la institución eclesiástica. Y la evidencia de campo, en distintos países de la región, muestra un patrón consistente: donde ese tercer socio está presente y activo, el turismo religioso tiene más continuidad. Donde está ausente, aunque sea por razones legítimas, el desarrollo pierde oportunidades.

El caso Salta: los tres actores funcionando juntos

Salta tiene algo que pocos destinos argentinos pueden mostrar: una identidad de marca turística —color, claim, tipografía— que se sostuvo durante décadas a pesar de los cambios de gobierno. Según me relató un dirigente del sector, cuando en algún momento un funcionario quiso modificar el logo, fue la Cámara de Turismo de Salta la que se opuso y frenó el cambio.

Eso es el sector privado organizado actuando como guardián de la continuidad institucional. Pero Salta tiene, además, un tercer guardián que rara vez se menciona: la Pastoral del Turismo de la Arquidiócesis de Salta, con actividad sostenida y verificable.

Entre sus iniciativas más visibles está el Circuito Histórico y Religioso de las 7 Iglesias, que se repite cada Semana Santa desde hace años como recorrido guiado por los templos del centro de la ciudad. La Pastoral también organiza jornadas de actualización para guías idóneos y estudiantes de turismo sobre la fiesta del Milagro Salteño, y participa de espacios de articulación institucional como el conversatorio «Turismo y Paz» desarrollado junto a la Universidad Católica de Salta.

Sector público, cámara empresarial y pastoral eclesiástica, cada uno con su rol, sosteniendo el mismo proyecto de identidad turística en el tiempo. Ese es el modelo completo.

El contraste: Montevideo y la ausencia estructural

Montevideo es el caso opuesto en la región, y vale la pena explicarlo con precisión porque no se trata de negligencia. Es una excepción estructural con raíz histórica.

Desde la separación de la Iglesia y el Estado establecida en la Constitución uruguaya de 1919, el país oficializó la secularización de su calendario de festividades religiosas. La Semana Santa católica fue renombrada oficialmente como «Semana de Turismo» —también conocida como Semana Criolla—, y esa laicidad profundamente arraigada explica por qué, a diferencia de la gran mayoría de arquidiócesis sudamericanas, en Montevideo no existe una oficina o comisión formal de Pastoral del Turismo.

La Iglesia católica en Uruguay concentra sus esfuerzos pastorales en otras áreas —movilidad humana, pastoral social— pero no en una estructura dedicada específicamente a la gestión turística. Esto no es un problema grave para Montevideo. Es una consecuencia lógica y coherente de su historia institucional.

Pero sí implica una diferencia estratégica frente a los destinos de la región que cuentan con ese tercer actor formalizado. Sin una Pastoral del Turismo, faltan un canal de diálogo directo con la institución religiosa, una fuente natural de contenido devocional para comunicar, y un actor más comprometido en sostener la identidad del destino más allá de los cambios de gestión municipal.

España: más transparencia, pero todavía incompleta

Del otro lado del Atlántico, España ofrece un matiz importante a esta reflexión. La Conferencia Episcopal Española publica cada año, desde 2007, una Memoria de Actividades que constituye uno de los ejercicios de transparencia institucional más consistentes del mundo católico. La edición de 2025 incluso reconoce explícitamente el impacto del patrimonio religioso en el Producto Interior Bruto español, destacando que catedrales, monasterios y museos diocesanos sostienen miles de empleos directos e indirectos.

Es un paso que ninguna arquidiócesis latinoamericana da hoy con ese nivel de consistencia anual y auditoría externa.

Pero incluso ese ejercicio de transparencia tiene un límite reconocido públicamente: organizaciones como Europa Laica vienen señalando que la Memoria no desglosa con precisión cuánto recauda cada sitio por el cobro de entradas turísticas —la Sagrada Familia, la Mezquita-Catedral de Córdoba, la Catedral de Toledo— ni qué destino final tienen esos ingresos. El debate sobre esa falta de desglose sigue abierto en la prensa española.

La lección para la región es doble. Primero, que hay un modelo de rendición de cuentas institucional al que aspirar, y España lo tiene más desarrollado que nadie en el mundo hispanohablante. Segundo, que incluso el ejercicio más avanzado de transparencia eclesiástica sobre turismo religioso sigue siendo, en la práctica, un trabajo inconcluso.

El patrón que se repite

A lo largo de esta serie documentamos casos donde la falta de continuidad institucional truncó proyectos de turismo religioso bien diseñados: el plan de Catamarca, interrumpido por un cambio de gobierno antes de completarse. Las Misiones Jesuíticas argentinas, con comunicación abandonada frente a la gobernanza público-privada activa del modelo paraguayo.

En ningún caso de esta serie el problema fue la ausencia del sector público o del sector privado. El patrón que emerge, visto en conjunto, es que la presencia de una institución eclesiástica organizada y activa —una pastoral, una diócesis comprometida, un obispado que participa de la gestión— funciona como un tercer ancla de continuidad que el modelo tradicional de dos socios no contempla.

Esto no significa que la Iglesia deba gestionar el turismo. Significa que ningún plan de turismo religioso está completo si no incluye, desde el diseño inicial, un lugar formal para la institución religiosa en la mesa de gobernanza —con roles y responsabilidades tan claros como los del municipio y la cámara empresarial.

El modelo público-privado de gobernanza turística es necesario pero incompleto cuando se aplica al turismo religioso. Salta lo demuestra con evidencia concreta: identidad de marca sostenida por dos guardianes, la cámara empresarial y la Pastoral del Turismo. Montevideo muestra que la ausencia de ese tercer actor puede tener una explicación estructural legítima, sin dejar de implicar una desventaja estratégica. Y España demuestra que incluso el ejercicio de transparencia institucional más desarrollado del mundo católico todavía tiene un largo camino por recorrer.

Para cualquier destino que esté diseñando su estrategia de turismo religioso, la pregunta ya no debería ser solo quién representa al sector público y quién al privado. Debería ser, también, quién se sienta en esa mesa en representación de la fe.

¿Tu destino tiene los tres actores articulados, o falta alguno? Escribime.

Fuentes:

Arzobispado de Salta. Pastoral del Turismo. Accedido en agosto de 2026. http://arzobispadodesalta.org.ar/category/pastoral-del-turismo/

Conferencia Episcopal Española. Memoria de Actividades de la Iglesia en España 2024. Accedido en agosto de 2026. https://www.conferenciaepiscopal.es/